El primer problema en que se encuentra atrapado el discurso alternativo (al sistema consumista) es que sólo se mueve a la defensiva. El sistema de la prisa (la vida que no es vida) ha impuesto la reacción sobre la comprensión. Los individuos aceptan (sin pensar) la carrera y quienes pretenden ofrecer resistencia no terminan de salir de la trampa del desgaste dialéctico, pues, es a través de la palabra como, el círculo omnipresente del poder económico, nos arrebata, segundo a segundo, los recursos de la tierra. Y será por medio de la palabra (instrumento inevitable para entregarse y liberarse) como podremos descifrar el idiotizado comienzo del siglo XXI.
Con la palabra maquillada los políticos ganan las elecciones; con la palabra contabilizada los empresarios administran el mundo y con la palabra desgastada algunos pretenden defender los derechos sociales de una mayoría incrédula. Los dueños del mundo (los tecnócratas) vendieron la idea (con la palabra contabilizada) de que la palabra estaba en desuso. Y muchos (tras comprar la muerte de la palabra) sobreviven levantando las banderas de la reivindicación social usando las migajas discursivas (que para la defensa) le dejó el poder.
Un "líder" sindical, a puertas cerradas, me dijo (con cierta sonrisa que se movía entre el desencanto y el cinismo) que yo no podía aspirar el "respeto intelectual" dentro de Europa (como si no me bastara con el respeto que me tengo a mi mismo) porque no era Mario Vargas Llosa. Luego de mi discreto silencio (para darle paso a la palabra interior), el "líder" salió de su oficina y saludó efusivamente a un inmigrante africano. ¿Cómo está el ladrillo?, le preguntó (¿Será que este hombre cree que las ideas no se sudan?, pensé). Poco después, el "líder" gritó en el pasillo una consigna a favor de la clase obrera. (Muy cuesta arriba debe ser defender a los trabajadores desde la desesperanza). Pobre hombre, pensé, lleva encima el peso de la palabra enferma. Y partí más reflexivo que nunca, dispuesto a pasar el resto de la tarde leyendo al poeta José Emilio Pacheco, todo un antídoto contra la palabra moribunda. "En medio de la catástrofe, al centro del horror que nos cerca por todas partes, siguen en pie, y hoy como nunca son capaces de darnos respuestas, el misterio y la gloria del Quijote". Y palabra a palabra seguí levantando mi edificio personal con los ladrillos invisibles que me permiten volar (y caer y volver) en medio de la nada.
Al caer la noche, luego de enfrentarme a la palabra de Pacheco (Tarde o temprano. Poemas 1958-2009), he reafirmado mi interpretación contemplativa de la sociedad actual. Vivimos tiempos de burlistas sin talento, de analfabetas funcionales; la sofisticación de la ignorancia representa (sin saberlo) el ejército más poderoso del sistema de consumo. Ante la imposición de la ley del "sálvese quien pueda", la mayoría ha terminado asumiendo que no hay tiempo para pensar. Parece que la orden es sobrevivir con la cabeza en reposo (el sueño eterno de los necios). Creo que la respuesta a este esquema absurdo (y estúpido) nunca la dará quien utilice las migajas discursivas que le ha entregado (para administrar hasta el derecho a la defensa) el poder tecnócrata. La respuesta tendrá que venir desde una revalorización del discurso, de la idea. Habrá que ir hasta los mismísimos sótanos del verbo para construir nuevas posibilidades individuales y colectivas. Que nadie se llame a engaño, la única palabra que está enferma es la que le pesa a quienes se rindieron en la carrera, pues, es evidente que gracias de la palabra mercenaria los grupos del poder capitalista han secuestrado el manejo de los hilos del mundo. Y la palabra del poder (por más que desde sus aparatos informativos promuevan la masificación de la idiotez) está más viva que nunca. De manera muy contundente (para asumir el cáncer) habría que comprender que la única palabra que está enferma es la que proviene del (pretendido) discurso alternativo. Sólo entonces podremos engendrar el verbo socialmente ofensivo del siglo XXI.
martes, 8 de junio de 2010
Guerras, revoluciones... y pacifistas
El ícono mundial de los pacifistas es Hiroshima y Nagasaki, ciudades japonesas víctimas de las bombas atómicas lanzadas por los EE.UU. el 6 y 9 de agosto de 1945, al final de la segunda guerra mundial. En Hiroshima hubo 140.000 muertos y en Nagasaki 80.000. (220.00 en total, a los que se suman miles de muertos en los años sucesivos a causa de la radiación atómica.)
Por otra parte, según la Organización Mundial de la Salud, (OMS) diariamente mueren en el mundo cerca de 35.000 personas por hambre o por enfermedades curables, de las cuales un alto porcentaje son niños de corta edad.
Esta siniestra cifra equivale a dos Hiroshimas semanales. Y sin embargo, ante ése indignante holocausto cotidiano los pacifistas y los organismos que dicen luchar por los derechos humanos guardan un hermético silencio, como si se tratase de un tabú social.
Cabe entonces preguntarse: ¿son sinceros los pacifistas? ¿Es que las victimas inocentes de ésta "paz" de la posguerra importan menos que las victimas de las guerras declaradas? ¿Acaso el silencio de los sepulcros es el precio a pagar por el silencio de las barricadas y de los anhelos populares de justicia social? ¿No es acaso la resignación o el statu quo ante ése genocidio silencioso lo que en realidad pregonan quienes dicen “luchar” por la paz social, el “orden establecido” y contra las airadas protestas y revueltas populares?
Es usual que las revueltas populares -al igual que las huelgas de trabajadores-, sean calificadas de justas o injustas según los intereses financieros de quienes las justifican o las critican, respectivamente. Así, por ejemplo, se habla con un relativo acierto de la guerra contra el narcotráfico, contra el terrorismo, contra la corrupción administrativa, a la vez que las clases dominantes condenan como criminales las protestas populares, los procesos revolucionarios y las guerras de liberación popular porque éstas atentan contra sus intereses o privilegios de clase, gremiales o personales.
Es bien evidente que la barbarie primitiva de la guerra representa la antitesis de la civilización y del progreso, pero por otro lado no hay que olvidar que nuestra civilización moderna está basada sobre poderosos intereses financieros, los que, a la vez que apostrofan de la guerra, encuentran siempre justificaciones (antiterrorismo, patria, libertad, democracia, etc.) para recurrir a ella como medio prioritario para resolver los litigios socio-políticos, según las conveniencias del imperio o de las plutocracias nacionales y multinacionales, y con el estímulo del poderoso lobby de la industria de armamentos y la justificación, banalización o eufemización del clero y los medios de información corporativos.
Por eso, si pedimos justicia a los gobiernos déspotas debemos pedirla también a los pacifistas enmudecidos o indulgentes ante los despotismos. Porque los pacifistas, como las ONGs y los defensores de los derechos humanos, se muestran escandalizados por la pedofilia clerical, pero permanecen callados ante la sádica sodomía de los poderosos sobre los débiles. Los falsos puritanos se enfurecen ante un feto abortado por una adolescente violada, pero permanecen inmutables ante el bombardeo genocida de una potencia bélica sobre un país inerme; ellos se insurgen ante el holocausto judío pero enmudecen ante el holocausto palestino; en su benevolencia semita se compadecen de quienes tienen hambre pero se enfurecen ante quienes claman su hambre y su sed de justicia.
En la lucha por la justicia social no cabe la imparcialidad ni la neutralidad. El struggle for life es un combate sin tregua y sin cuartel por la subsistencia de los oprimidos ante la implacable mezquindad de los opresores; la moderación y la prudencia en la batalla por la subsistencia son solo el eufemismo de la cobardía. En la batalla por la vida es preferible ser calificado de excesivo que de pasivo; es más honrado ser radical que convencional; es más honorable ser revolucionario que reaccionario.
La guerra es la continuación de la política por otros medios. Es la imposición de la política del garrote cuando no tiene éxito la política de la sumisión de los pueblos por la vía diplomática. ¿Debemos entonces guardar un silencio fúnebre ante las tiranías y las injusticias en aras de una “paz” asesina, ignominiosa y humillante y claudicar ante el chantaje de la guerra?
¡NO! ¡No, y mil veces no! La paz no es la ausencia de la guerra sino la presencia de la justicia. Predicar la paz frente a un sistema socio-económico genocida es la forma más infame de servilismo y de cobardía, porque ésa presunta paz es cómplice de ése sistema por estar orientada hacia la impunidad y la resignación. Porque la paz ante los genocidas no es una verdadera paz: es solo una vil claudicación y una humillación. Es más honorable un pueblo que cae derrotado por las armas de la represión que un pueblo que cae vencido por la seducción de un pacifismo falaz. Es más gloriosa una derrota en el combate por la justicia y la libertad que una victoria a cambio de ellas. ¡Un pueblo que sabe combatir por una vida digna es un pueblo que merece vivir!
Es solo ante la verdad, la libertad y la justicia que le es permitido un respetuoso silencio a una conciencia honrada, libre y justa. Porque el deber ineludible de una conciencia honrada es gritar un volcánico ¡YO ACUSO! ¡Gritar la verdad, toda la verdad y solo la verdad ante el planeta entero y ante el tribunal de los pueblos y de la historia!
Hay que entender que sólo las guerras de opresión son asesinas, porque son las depredadoras de la humanidad al servicio de las plutocracias, y que sólo la revolución popular devuelve la libertad a los pueblos que la guerra y la represión hacen más miserables y esclavos. Es sólo de las entrañas sangrientas pero nobles de la revolución popular que nacerá el auténtico Nuevo Orden Mundial.
Por eso, al cínico refrán imperialista de “Si quieres la paz prepárate para la guerra” debe oponerse el combativo refrán socialista de ‘SI QUIERES LA PAZ PREPÁRATE PARA LA REVOLUCIÓN”, es decir para combatir por la justicia, porque no puede haber paz donde no hay justicia. La paz es solo una utopía donde la injusticia es una realidad.
Ninguna guerra ha libertado jamás a un pueblo, aunque le haya soltado temporalmente las riendas. Solo la revolución libera porque le enseña al pueblo a empuñar las riendas de su propio destino y a establecer el código de sus derechos humanos. La guerra plantea pero no resuelve los problemas sociales porque la guerra no crea, ella aniquila, no funda nada, ella lo arrasa todo, no salva, solo subyuga. Solo la revolución crea, funda y salva. La guerra destruye, la revolución construye; la guerra degenera, la revolución regenera; la guerra siembra la muerte, la revolución siembra la vida.
Por eso, ante el espectro patético de la depredadora doctrina imperialista deben predominar la doctrina bolivariana y la Martiana; ante la insolencia del pabellón constelado que ondea triunfal ya no solo en las embajadas yanquis sino en los capitolios mundiales debe retumbar un sonoro ¡FUERA YANQUI!!Que el planeta entero sea un estoico Viet Nam, una gloriosa Bahía de Cochinos y que los cóndores andinos destierren los halcones del Pentágono!
Los tiranos y los neocolonialistas al violar, monopolizar y privatizar todos los derechos los han perdido todos. La violación de los derechos engendra el derecho a la violencia, la intransigencia y la ambición de los opresores engendra la beligerancia de los oprimidos. Ya lo dijo Martin Luther King: “Aquellos que hacen imposible la revolución pacífica harán inevitable la revolución violenta”.
No se pretende aquí incitar al derramamiento de la sangre popular, pero en las causas nobles de las luchas de liberación, -al igual que en los benévolos aportes a la Cruz Roja,- se hace a veces necesario el altruista sacrificio de algunas gotas para salvar de una muerte injusta a muchas vidas inocentes.
Al respecto vale recordar al inmortal Che Guevara: “Nadie debe hacerse ilusiones de que se puede conquistar una sociedad más justa sin luchar por ello”.
¿Qué hace falta? ¡CORAJE Y SOLIDARIDAD! ¡EL PUEBLO UNIDO JAMAS SERA VENCIDO!
Por otra parte, según la Organización Mundial de la Salud, (OMS) diariamente mueren en el mundo cerca de 35.000 personas por hambre o por enfermedades curables, de las cuales un alto porcentaje son niños de corta edad.
Esta siniestra cifra equivale a dos Hiroshimas semanales. Y sin embargo, ante ése indignante holocausto cotidiano los pacifistas y los organismos que dicen luchar por los derechos humanos guardan un hermético silencio, como si se tratase de un tabú social.
Cabe entonces preguntarse: ¿son sinceros los pacifistas? ¿Es que las victimas inocentes de ésta "paz" de la posguerra importan menos que las victimas de las guerras declaradas? ¿Acaso el silencio de los sepulcros es el precio a pagar por el silencio de las barricadas y de los anhelos populares de justicia social? ¿No es acaso la resignación o el statu quo ante ése genocidio silencioso lo que en realidad pregonan quienes dicen “luchar” por la paz social, el “orden establecido” y contra las airadas protestas y revueltas populares?
Es usual que las revueltas populares -al igual que las huelgas de trabajadores-, sean calificadas de justas o injustas según los intereses financieros de quienes las justifican o las critican, respectivamente. Así, por ejemplo, se habla con un relativo acierto de la guerra contra el narcotráfico, contra el terrorismo, contra la corrupción administrativa, a la vez que las clases dominantes condenan como criminales las protestas populares, los procesos revolucionarios y las guerras de liberación popular porque éstas atentan contra sus intereses o privilegios de clase, gremiales o personales.
Es bien evidente que la barbarie primitiva de la guerra representa la antitesis de la civilización y del progreso, pero por otro lado no hay que olvidar que nuestra civilización moderna está basada sobre poderosos intereses financieros, los que, a la vez que apostrofan de la guerra, encuentran siempre justificaciones (antiterrorismo, patria, libertad, democracia, etc.) para recurrir a ella como medio prioritario para resolver los litigios socio-políticos, según las conveniencias del imperio o de las plutocracias nacionales y multinacionales, y con el estímulo del poderoso lobby de la industria de armamentos y la justificación, banalización o eufemización del clero y los medios de información corporativos.
Por eso, si pedimos justicia a los gobiernos déspotas debemos pedirla también a los pacifistas enmudecidos o indulgentes ante los despotismos. Porque los pacifistas, como las ONGs y los defensores de los derechos humanos, se muestran escandalizados por la pedofilia clerical, pero permanecen callados ante la sádica sodomía de los poderosos sobre los débiles. Los falsos puritanos se enfurecen ante un feto abortado por una adolescente violada, pero permanecen inmutables ante el bombardeo genocida de una potencia bélica sobre un país inerme; ellos se insurgen ante el holocausto judío pero enmudecen ante el holocausto palestino; en su benevolencia semita se compadecen de quienes tienen hambre pero se enfurecen ante quienes claman su hambre y su sed de justicia.
En la lucha por la justicia social no cabe la imparcialidad ni la neutralidad. El struggle for life es un combate sin tregua y sin cuartel por la subsistencia de los oprimidos ante la implacable mezquindad de los opresores; la moderación y la prudencia en la batalla por la subsistencia son solo el eufemismo de la cobardía. En la batalla por la vida es preferible ser calificado de excesivo que de pasivo; es más honrado ser radical que convencional; es más honorable ser revolucionario que reaccionario.
La guerra es la continuación de la política por otros medios. Es la imposición de la política del garrote cuando no tiene éxito la política de la sumisión de los pueblos por la vía diplomática. ¿Debemos entonces guardar un silencio fúnebre ante las tiranías y las injusticias en aras de una “paz” asesina, ignominiosa y humillante y claudicar ante el chantaje de la guerra?
¡NO! ¡No, y mil veces no! La paz no es la ausencia de la guerra sino la presencia de la justicia. Predicar la paz frente a un sistema socio-económico genocida es la forma más infame de servilismo y de cobardía, porque ésa presunta paz es cómplice de ése sistema por estar orientada hacia la impunidad y la resignación. Porque la paz ante los genocidas no es una verdadera paz: es solo una vil claudicación y una humillación. Es más honorable un pueblo que cae derrotado por las armas de la represión que un pueblo que cae vencido por la seducción de un pacifismo falaz. Es más gloriosa una derrota en el combate por la justicia y la libertad que una victoria a cambio de ellas. ¡Un pueblo que sabe combatir por una vida digna es un pueblo que merece vivir!
Es solo ante la verdad, la libertad y la justicia que le es permitido un respetuoso silencio a una conciencia honrada, libre y justa. Porque el deber ineludible de una conciencia honrada es gritar un volcánico ¡YO ACUSO! ¡Gritar la verdad, toda la verdad y solo la verdad ante el planeta entero y ante el tribunal de los pueblos y de la historia!
Hay que entender que sólo las guerras de opresión son asesinas, porque son las depredadoras de la humanidad al servicio de las plutocracias, y que sólo la revolución popular devuelve la libertad a los pueblos que la guerra y la represión hacen más miserables y esclavos. Es sólo de las entrañas sangrientas pero nobles de la revolución popular que nacerá el auténtico Nuevo Orden Mundial.
Por eso, al cínico refrán imperialista de “Si quieres la paz prepárate para la guerra” debe oponerse el combativo refrán socialista de ‘SI QUIERES LA PAZ PREPÁRATE PARA LA REVOLUCIÓN”, es decir para combatir por la justicia, porque no puede haber paz donde no hay justicia. La paz es solo una utopía donde la injusticia es una realidad.
Ninguna guerra ha libertado jamás a un pueblo, aunque le haya soltado temporalmente las riendas. Solo la revolución libera porque le enseña al pueblo a empuñar las riendas de su propio destino y a establecer el código de sus derechos humanos. La guerra plantea pero no resuelve los problemas sociales porque la guerra no crea, ella aniquila, no funda nada, ella lo arrasa todo, no salva, solo subyuga. Solo la revolución crea, funda y salva. La guerra destruye, la revolución construye; la guerra degenera, la revolución regenera; la guerra siembra la muerte, la revolución siembra la vida.
Por eso, ante el espectro patético de la depredadora doctrina imperialista deben predominar la doctrina bolivariana y la Martiana; ante la insolencia del pabellón constelado que ondea triunfal ya no solo en las embajadas yanquis sino en los capitolios mundiales debe retumbar un sonoro ¡FUERA YANQUI!!Que el planeta entero sea un estoico Viet Nam, una gloriosa Bahía de Cochinos y que los cóndores andinos destierren los halcones del Pentágono!
Los tiranos y los neocolonialistas al violar, monopolizar y privatizar todos los derechos los han perdido todos. La violación de los derechos engendra el derecho a la violencia, la intransigencia y la ambición de los opresores engendra la beligerancia de los oprimidos. Ya lo dijo Martin Luther King: “Aquellos que hacen imposible la revolución pacífica harán inevitable la revolución violenta”.
No se pretende aquí incitar al derramamiento de la sangre popular, pero en las causas nobles de las luchas de liberación, -al igual que en los benévolos aportes a la Cruz Roja,- se hace a veces necesario el altruista sacrificio de algunas gotas para salvar de una muerte injusta a muchas vidas inocentes.
Al respecto vale recordar al inmortal Che Guevara: “Nadie debe hacerse ilusiones de que se puede conquistar una sociedad más justa sin luchar por ello”.
¿Qué hace falta? ¡CORAJE Y SOLIDARIDAD! ¡EL PUEBLO UNIDO JAMAS SERA VENCIDO!
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