viernes, 25 de marzo de 2011

Revoluciones pacíficas

Durante estos agitados días no dejamos de oír en prensa, televisión e internet sobre las revoluciones en el Norte de África y Oriente Próximo. Y una de las características que la mayoría de los medios destacan sobre éstas es el componente pacífico de las mismas.

Además del pacifismo de las revueltas, una y otra vez, los medios de comunicación masivos nos transmiten otros aspectos de esa matriz de opinión en la que las revoluciones del siglo XXI aparecen impulsadas por medios como Facebook, Twitter u otras redes sociales mediante el valeroso empeño de líderes periféricos de clase media occidentalizados (léase modernos/buenos). Hombres y mujeres que luchan por lo que tenemos aquí (“democracias” por si no caía en la cuenta) contra malvados y “tercermundistas” déspotas. Además, en este relato posmodernista los obreros (léase sucios/molestos/feos) aparecen poco menos que como monos de comparsa, miembros de un conjunto protoarcaico, periférico, anecdótico, casi imposible y en todo caso obsoleto, llamado “clase trabajadora”. Un ingrediente caduco que se empeña en permanecer en la nevera de nuestros días para disgusto de la “progresía” posmodernista. Así que, en definitiva, tenemos revoluciones “limpias” con gente joven derrocando malvados dictadores (que anteayer no lo eran para el “mundo libre”) a través de métodos pacíficos. Visto así, ya casi podríamos visualizar el próximo anuncio de Coca-Cola donde esculturales jóvenes árabes occidentalizados cantarían en una manifestación tipo videoclip de Santana bañados por las burbujas del conocido refresco mientras la voz en off dice en perfecto y seductor árabe: “Rompe con el pasado y saborea tu libertad”. Pero desde una perspectiva crítica, deberíamos preguntarnos si estas revoluciones son verdaderamente pacíficas, y si lo son: ¿Para quién?

Repasemos los datos que tenemos hasta el día en que escribo estas líneas: más de 345 muertos en Egipto1, 219 muertos en Túnez2, 5 muertos en Marruecos3, 300 muertos en Costa de Marfil4, 12 muertos en Yemén5, 7 muertos en Bahrein6, y de 46 a 62 muertos en Libia según otorguemos mayor credibilidad a Amnistía Internacional o Human Right Watch7. Además en otros países como Arabia Saudí, Irán, Argelia, Djibouti o Kuwait, también se están dando fuertes protestas y manifestaciones pero aquí las cifras de víctimas no acaban de ser del todo fiables dado el oscurantismo informativo que existe en muchos de esos regímenes, si bien todo parece indicar, lamentablemente, que lo más probable es que se estén produciendo. Y por supuesto dentro de todo este “paraíso pacifista” hablamos “sólo” de víctimas mortales. Deberíamos añadir los miles de heridos, detenidos y/o torturados8. Entonces al final, ¿tenemos revoluciones pacíficas o violentas?9

Allá por 1848 los jóvenes Marx y Engels ya lo tenían muy claro. En el Manifiesto escribían que las revoluciones serían violentas, sin ninguna duda. Y no porque los amigos comunistas fueran unos sanguinarios deseosos de colgar empresarios y aristócratas de la copa de un pino (el propio Engels era empresario), sino porque sencillamente entendían que la mayoría de los miembros de las clases dirigentes, los propietarios de los medios de producción, no se dispondrían pacíficamente a devolver con una sonrisa en sus rostros todo aquello que robaron al pueblo tras años de explotación y latrocinio. Robo forjado al amparo de sus leyes derivadas de la propiedad privada y el predominio en el control de las fuerzas coercitivas (Ejército, Policía, etc.). Y todo esto simplemente porque las élites de las clases poseedoras, a diferencia de la mayoría de los miembros del pueblo, sí tienen conciencia de clase todo el tiempo. No una vez cada muchos años como el pueblo. Se lo crea usted o no, realizan una lucha de clases todos y cada uno de los días de su existencia para garantizar y aun ampliar su poder en el sistema-mundo en que vivimos. Lo hacen desde las empresas, los juzgados, los parlamentos, las universidades, la televisión, la publicidad, los libros, el cine, etc. Y si en los tiempos de “paz” les da igual condenar a la muerte a millones de personas en el mundo por hambre10 o guerra, ¿de verdad cree que dudarían en pegarle un tiro en la cabeza si usted formara parte de una de esas “turbas” que pusieran en peligro sus intereses?

Nosotros les importamos menos que nada, y sinceramente considero que ésta es una de las primeras lecciones políticas que deberíamos aprender si queremos actuar seriamente en pro de la emancipación del ser humano. Más allá del seductor contoneo de las sacrosantas banderas nacionales ondeadas bajo la partitura de la alienación colectiva y la danza de los payasos célebres (llámense Alonso, Messi, Shakira o Maldonado), ésta es la primera lección que deberíamos aprender: ellos no creen que usted sea parte de su grupo, ergo ellos no creen en las banderas que muchos de los de abajo besan y ondean reproduciendo una falsa aunque anhelada unidad. Estas telas pintadas ocultan las vergüenzas de una sociedad enfrentada entre los dueños del capital y los esclavos asalariados a duras penas propietarios de sus cuerpos. Humanidad escindida entre los que disfrutan de la mayor parte del producto del trabajo social y aquellos que, para poder si quiera aspirar a tener un techo sobre el que cobijarse o alimentos que echarse a la boca, deben vender la mayor parte del tiempo de su vidas a los expropiadores.

Y esta infección del pensamiento burgués, del poder dominante, sobre las llamadas “revoluciones pacíficas” arriba con la resaca de la marea postcolonial hasta las fronteras de un país, donde se supone, hay un ejecutivo gobernado por socialistas, como se reconocen (así mismas) las propias autoridades venezolanas. Allí, sorprendentemente, se viene repitiendo una y otra vez que la revolución que acontece en esas tierras es “pacífica”, haciéndole el juego al pensamiento de derecha. ¿“Pacífica” de qué? ¿Pese a haber sido asesinados cientos de luchadores sociales como sindicalistas, abogados, líderes indígenas y populares?11 Desde luego que la “revolución” ha sido pacífica para la oligarquía venezolana, para los De Abreu, Macedo, Mendoza, Cisneros y compañía. Prueba de ello es que muchos de los que organizaron el golpe de estado en 2002 contra el gobierno de Chávez fueron absueltos de muchos delitos con un Decreto de Amnistía que el mismo Chávez promulgó el 31 de diciembre de 2007 para esos “demócratas de derecha” a pesar del consiguiente escarnio entre las bases revolucionarias. Sin duda, hay que reconocer que la mayoría de esos oligarcas siguen en sus mansiones y con su dinero en los bancos, de un modo harto “pacífico”. Extraña revolución aquella que no es capaz de, por dejadez o falta de convicción, cuando no por cierta connivencia, impedir que a los miembros más combativos del pueblo se les asesine y en cambio, sí garantiza la seguridad jurídica a la élite explotadora. Extraño camino al socialismo, extraña “revolución” la caribeña...

Extraño pacifismo en todo caso el de todas estas revoluciones. Parece que, al margen de los discursos y la ampulosa retórica, unas muertes cuentan más que otras. Así los 365 asesinados del pueblo egipcio no merecen que se le quite el epíteto de “pacífica” a su principio de revolución, quizás sea porque los violentos de siempre fueron “respetados” y sus amigos de allende los mares también (con sus multimillonarios contratos empresariales). Tengan por seguro que si las cosas se profundizan y el pueblo egipcio consigue forzar a sus gobernantes que renegocien o nacionalicen algún sector de la economía egipcia en manos de multinacionales foráneas, la prensa “libre” occidentales comenzará a repetir como una papagaya que la revolución en Egipto se tornó “violenta”.

No me malinterprete el lector, con este artículo no quiero que crean que abogo por cortarles el cuello a los explotadores o proclamar el culto a la violencia en las revoluciones. Si lo hiciéramos, nos convertiríamos en parte de ellos, ensuciaríamos nuestros sujetos humano-políticos desviándonos del objetivo emancipador y dificultaríamos el ánimo prosocialista de las masas. Más bien lo que sugiero es que las cárceles, abarrotadas de no pocas víctimas sistémicas, sean oxigenadas reduciendo la densidad de presos por m2 con unos pocos hijos de sus madres que actualmente siguen viviendo “pacíficamente” de la explotación y la violencia generalizada. Auténticos criminales que sortean la justicia a golpe de talonario, desde cámaras legislativas y tribunales. Además, por supuesto, tendríamos que reingresar toda su fortuna a las arcas públicas y declarar inoperativas todas sus cuentas extranjeras (en paraísos fiscales y bancos del norte). Porque ya está bien de que se les permita que “pacíficamente” nos vayan matando a todos, millones a millones, de miles a centenas, de centenas a decenas, uno a uno. De muerte lenta o súbita. Ya basta.

Nosotros sí queremos la paz, ellos nunca la quisieron. Lo que para nosotros es nuestro más excelso sueño, para ellos sólo significa el final de su permanente orgía genocida de cuerpos asalariados sacrificados a cambio de plusvalía. La violencia es su medio y su único remedio; la paz nuestra meta, fuerza y fortaleza. Nuestra bandera siempre ha sido la blanca y debemos garantizar que lo siga siendo hasta el último momento, hasta que no exista otra posibilidad para nuestra supervivencia que teñirla de rojo. Pero la suya es la de la violencia, siempre lo ha sido y siempre lo será mientras existan los explotadores. Dos no bailan si uno no quiere.

En tiempos de paz y en tiempos de guerra permanecerá la violencia mientras se produzca explotación (estructural, individual, colectiva, etc.), sólo que en las revoluciones, si verdaderamente lo son, la violencia también se vuelve como un boomerang contra los violentos sistémicos de siempre. Por eso no hay nada que les aterre más que una revolución, sinónimo de la posibilidad que tienen, muy de vez en cuando, de encontrar una horma a su zapato.

Cuando sus medios de comunicación dicen “revoluciones pacíficas” los explotadores anhelan que el pueblo continúe poniendo los cuerpos para contar muertos, explotados, castrados y desempleados. Le prometen reformas, medallas y días “nacionales” en los calendarios de la derrota. Nos aseguran encenderán velas, cantarán himnos a “los mártires de la patria” y todos seguiremos juntos, enmomiados en telas multicolores pintadas por las manos de los esclavos, mientras no dejamos de bailar el vals de los condenados al ritmo que marcan las razones del Mercado.

Ante las revoluciones, las élites de aquí y de allá nos pedirán por favor, asustados ante el poder inigualable del pueblo unido, que nos dejemos “razonablemente” persuadir para seguir siendo explotados y asesinados en el más pútrido de los silencios, entre la farsa de unas democracias que no lo son y las “razones de Estado”. Rompamos ese enmudecimiento de la dignidad. Hay demasiada sangre derramada, demasiados sacrificios, como para no hacerlo.

Nosotros queremos la paz y ellos la guerra, no queda otra, no lo elegimos: libremos la última batalla en nombre de la paz.

Empecemos llamando a las cosas por su nombre.

Es el principio del camino al Socialismo.

viernes, 4 de febrero de 2011

Los sueños libres de Lumumba y Luther King

Ellos representan dos historias de vida que son ejemplo en las luchas por conquistar la libertad y la igualdad de los pueblos.

Fue un 17 de enero de 1961, en Katanga, cuando lo asesinaron y desaparecieron su cuerpo, como si hubieran querido también acallar su palabra, sus ideas, su mirada, el tacto de las velas con las que quiso navegar libre, con las que soñó una tierra diferente, más justa, más humana. Patricio Lumumba (Sankuru, Congo, 2 de julio de 1925) sigue siendo un estandarte elevado a los vientos y a los sueños de la libertad que nacen de las entrañas de todos los pueblos.

Anticolonialista y nacionalista, Lumumba fue el primero en ocupar el cargo de Primer Ministro de la República Democrática del Congo en 1960, tras conseguir la independencia de este Estado de la tutela belga. Dicen que fue precisamente su discurso pronunciado en la ceremonia de independencia de su país, en presencia del rey de Bélgica, cuando lo sentenciaron. Lumumba esgrimía que las atrocidades vividas no debían olvidarse, sino que tenían que permanecer en la memoria como un fuego capaz de incendiar para siempre las desigualdades y la esclavitud. “De esta lucha de lágrimas, fuego y sangre estamos orgullosos hasta las raíces más profundas de nuestro ser porque fue una lucha noble y justa, absolutamente necesaria para acabar con la infamante esclavitud que nos fue impuesta por la fuerza. Este fue nuestro destino durante los ochenta años de gobierno colonial; nuestras heridas están aún demasiado frescas y son todavía muy dolorosas para permitirnos borrarlas de nuestra memoria”.

La muerte de Lumumba está relacionada con el imperialismo y el neocolonialismo de las potencias occidentales, esas que siempre han pretendido y pretenden hacer de África su patio trasero, igual que hacen con el resto del mal nombrado tercer mundo. Porque resulta que el Congo no es un país pobre, sino que es una de las geografías más ricas del mundo en recursos naturales, convergen en ella diamantes, recursos vegetales, oro, uranio, cobre, cobalto, radio, zinc, hasta coltan, uno de los más estratégicos materiales que se utilizan en las nuevas tecnologías. Algunos reportes de las Naciones Unidas señalan que en la guerra que vive el Congo hoy, el coltan es la verdadera razón de la tragedia.

A Lumumba lo asesinaron, es cierto, pero sigue vivo, sigue siendo luz y abrazo infinito para todas aquellas y aquellos que luchan por eliminar las desigualdades y conquistar la paz y la libertad auténticas. Fue hace poco, en 2002, cuando el gobierno belga reconoció su responsabilidad en el asesinato de Lumumba, aunque continúa negándose a investigar a profundidad lo sucedido.

Su muerte, como la de todas las mujeres y hombres imprescindibles de la historia de los vencidos, de los más que menos tienen, se transformó en un símbolo de la resistencia. Y su rostro y sus palabras son una trinchera de lucha, una bandera que ondea en las batallas por la libertad en África y en cualquier rincón del mundo.

Tengo un sueño
"Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad” decía soñando Martin Luther King (Atlanta, 15 de enero de 1929 – Memphis, 4 de abril de 1968), en Washington, el 28 de agosto de 1963.

A este otro soñador, también negro y también libertario, lo asesinaron. No ya en los confines de África sino en Estados Unidos. Fue condecorado con el Premio Nobel de la Paz en 1964. Pastor de la iglesia bautista, fue líder y fundador del Movimiento por los derechos civiles para los afroamericanos.

Hace apenas cincuenta años atrás, sobre todo el sur de los Estados Unidos se caracterizaba por la violencia que se ejercía contra los negros. Ese racismo tan arraigado provocó en 1955 la muerte de tres personas: Emmett Till, un adolescente de 14 años; el pastor activista George Lee; y el militante de los derechos civiles Lamar Smith. Por eso, el 1 de diciembre de 1955, cuando Rosa Parks, una mujer negra, fue puesta en prisión por haberse negado a ceder su puesto en un autobús a un hombre blanco, violando así las leyes segregacionistas de Montgomery, Luther King inició un boicot de autobuses. Durante esa campaña fue arrestado y su hogar atacado con bombas incendiarias. Luego de casi un año, la Corte Suprema de los Estados Unidos, en noviembre de 1956, declaró finalmente la ilegalidad de la segregación en los autobuses, restaurantes, escuelas y otros lugares públicos.

Largos años de lucha en los que Luther King enarboló siempre las banderas de la no violencia, lo condujeron en 1967 a organizar una campaña a favor de los pobres con el objetivo de alcanzar la justicia social. Se trataba de eliminar la pobreza, analizando su origen y no restringiéndose sólo a la defensa de los afroamericanos. Al igual que Lumumba fue calificado de comunista y por lo tanto objeto de interés de la administración estadounidense de esos años.

Fue a finales del mes de marzo de 1968 cuando Martin Luther King se desplazó a Memphis, Tennessee. Y el 04 de abril, a las seis y un minuto de la tarde cayó abatido por las balas.

James Earl Ray el presunto asesino fue arrestado en 1969 y aunque se declaró culpable se retractó después y confesó una conspiración. En 1997, Dexter Scott King, hijo de Martin Luther King, se entrevistó con Ray y apoyó públicamente los esfuerzos de éste para conseguir un nuevo juicio. Dos años después la viuda de Luther King ganó un proceso civil en contra Loyd Jowers y otros conspiradores. En diciembre de 1993, Jowers había aparecido en Prime Time Live de ABC News revelando detalles de una conspiración que implicaba a la mafia y al gobierno para asesinar al líder de los derechos civiles.

DOS HÉROES, DOS TIEMPOS, EL MISMO MUNDO

La convicción de sus ideas, la entereza de sus gestos y el aplomo de sus pasos serán siempre ejemplo de la vida entregada en la edificación de sociedades más justas, más solidarias y más libres. Con ellos hemos aprendido lo que significa a dar la vida por la vida, porque ellos son fértiles semillas que florecerán en todos los presentes que habremos de hacer nacer juntos.


“Ninguna brutalidad maltrato o tortura me ha doblegado porque prefiero morir con la cabeza en alto, con la fe inquebrantable y una profunda confianza en el futuro de mi país, a vivir sometido y pisoteando principios sagrados. Un día la historia nos juzgará, pero no será la historia según Bruselas, París, Washington o la ONU, sino la de los países emancipados del colonialismo y sus títeres”.
Patricio Lumumba (fragmento de la carta escrita a su esposa e hijos pocos días antes de su muerte).